miércoles, 29 de julio de 2009

La mujer en la Antigua Grecia


Relegadas a estar en casa y las labores del telar, las mujeres griegas contaban con pocos derechos en otras áreas de la vida social. Durante la mayor parte de la historia antigua griega, el papel de la mujer se relegaba exclusivamente a la casa. Las mujeres, como grupo social, no tenían voz ni voto, ni en lo político, ni en lo militar ni en lo civil.

Los historiadores citan el aumento de mujeres gobernantes, o que ejercieron el poder en algún momento excepcional, durante y después del periodo macedonio. Sin embargo, conclusión general que sacamos de esta época es que las mujeres eran consideradas débiles para la vida social.

Desde el comienzo de la civilización griega, las mujeres estaban bajo la autoridad patriarcal de los hombres. Así pasaban de la autoridad de su padre a la autoridad de su marido. No fue sino hasta la reforma de Solón cuando las mujeres pudieron tener derecho a heredar la propiedad de su padre, siempre y cuando no hubieran tenido algún hermano masculino.


Debido a que las mujeres eran consideradas como algo débil, tenían que ser protegidas. Su única condición era la de esposa y madre, encargadas de la educación y crianza temprana de sus hijos. Las mujeres sólo mantenían la vida en casa, ya que incluso el papel de la mujer en la concepción era limitado. Se consideraba que el hombre era el que ponía en la mujer el alma del futuro hijo.

Al igual que en otras sociedades antiguas, las mujeres encontraban una válvula de escape en la religión. En Grecia las mujeres sacerdotisas se encargaban del cuidado de los templos. Lo mismo podría decirse mucho más tarde en Roma, donde la situación de la mujer sólo era un poco mejor. En Roma sólo ostentaban poder las sacerdotisas vestales. Los festivales también significaban un respiro para las mujeres griegas, en particular la Tesmophoria de Atenas, en la que los hombres no podían participar.

En la mitología, el papel de la mujer era un tanto ambiguo. Si por un lado se encontraba la figura divina y sobrehumana de la diosa Atenea, por otro se representaba a la mujer como la inspiradora del dolor y el mal, con la imagen de Pandora, cuya locura equivocada introdujo el mal en el mundo. El propio Aristóteles llegó a decir en una ocasión que “… la hembra es un macho deforme”…

lunes, 27 de julio de 2009

Cartas eróticas de James Joyce


Algo que me llamó mucho la atención fue toparme con la correspondencia entre James Joyce y su mujer Nora Barnacle. El intenso erotismo que tales cartas destilan tocan en muchos puntos el límite entre lo insinuado y lo explícito. Y por momentos, toca el límite entre lo explícito y lo demasiado, excesívamente explícito.

El erotismo y la sensualidad de los escritores es el punto en donde mejor se los descubre, y particularmente en éste tipo de correspondencia, donde la mutua necesidad parece obligarnos a la cercanía, dándonos a probar lo más “sucio” (como bien Joyce dice en una de sus cartas) de aquellos cuyo nombre ha quedado enaltecido por su “limpieza”.

Aquí comparto con ustedes algunas de las cartas:

22 Noviembre 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.

Queridísima: tu telegrama se encontraba en su corazón aquella noche. Cuando te escribí aquellas últimas cartas, era presa de absoluta desesperación. Pensaba que había perdido tu amor y tu estima… como bien merecía. Tu carta de esta mañana es muy cariñosa, pero estoy esperando la carta que probablemente escribirías después de enviar el telegrama.
Todavía no me atrevo, querida, a mostrarme familiar contigo, hasta que no vuelvas a darme permiso. Tengo la sensación de que no debo hacerlo, a pesar de que tu carta está escrita en tu antiguo tono familiar y pícaro. Me refiero a cuando hablas de lo que harás, si te desobedesco con respecto a cierta cuestión.
Voy a aventurarme a decir sólo una cosa. Dices que quieres que mi hermana te lleve ropa interior. No, querida, por favor. No me gusta que nadie, ni siquiera una mujer o una niña, vea cosas que te pertenecen. Me gustaría que fueras más cuidadosa y no dejases ciertas ropas tuyas por ahí, quiero decir cuando acaban de llegar de la lavandería. Oh, me gustaría que mantuvieras todas esas cosas ocultas, ocultas, ocultas. Me gustaría que tuvieses gran cantidad de ropa interior de todas clases, de todo tipo de colores delicados, guardada, planchada y perfumada.
¡Qué terrible es estar lejos de ti! ¿Has aceptado de nuevo en tu corazón a tu pobre amante? Voy a estar impaciente por tu carta y, sin embargo, te agradezco tu cariñoso telegrama.
No me pidas que te escriba una carta larga ahora, queridísima. Lo que he escrito me ha entristecido un poco. Estoy cansado de enviarte palabras. Nuestros labios pegados, nuestros brazos entrelazados, nuestros ojos desfalleciendo en el triste gozo de la posesión me complacerían más.
Perdoname queridísima. Tenía intención de mostrarme más reservado. Y, sin embargo, debo añorarte y añorarte y añorarte.

JIM/
44 Fontenoy Street, Dublín.

Querida mía, quizás debo comenzar pidiéndote perdón por la increíble carta que te escribí anoche. Mientras la escribía tu carta reposaba junto a mí, y mis ojos estaban fijos, como aún ahora lo están, en cierta palabra escrita en ella. Hay algo de obsceno y lascivo en el aspecto mismo de las cartas. También su sonido es como el acto mismo, breve, brutal, irresistible y diabólico.
Querida, no te ofendas por lo que escribo. Me agradeces el hermoso nombre que te di. ¡Sí, querida, “mi hermosa flor silvestre de los setos” es un lindo nombre¡ ¡Mi flor azul oscuro, empapada por la lluvia¡ Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalare un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tu trasero, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto.
Esto me permite estallar en lagrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi polla mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso. He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo. ¿Te acuerdas del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acostarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Después quedaste avergonzada hasta para mirarme a los ojos.
¡Eres mía, querida, eres mía¡ Te amo. Todo lo que escribí arriba es un solo momento o dos de brutal locura. La última gota de semen ha sido inyectada con dificultad en tu sexo antes que todo termine y mi verdadero amor hacia ti, el amor de mis versos, el amor de mis ojos, por tus extrañamente tentadores ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aromas. Mi verga esta todavía tiesa, caliente y estremecida tras la última, brutal envestida que te ha dado cuando se oye levantarse un himno tenue, de piadoso y tierno culto en tu honor, desde los oscuros claustros de mi corazón.
Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mí puta, mí amante, todo lo que quieras (¡mí pequeña pajera amante! ¡mí putita pichadora!) eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia.

JIM/


3 de diciembre de 1909
44 Fontenoy Street, Dublín.

Mi querida niñita de las monjas: hay algún estrella muy cerca de la tierra, pues sigo presa de un ataque de deseo febril y animal. Hoy a menudo me detenía bruscamente en la calle con una exclamación, siempre que pensaba en las cartas que te escribí anoche y antenoche. Deben haber parecido horribles a la fría luz del día. Tal vez te haya desagradado su grosería. Sé que eres una persona mucho más fina que tu extraño amante y, aunque fuiste tu misma, tu, niñita calentona, la que escribió primero para decirme que estabas impaciente porque te culiara, aún así supongo que la salvaje suciedad y obscenidad de mi respuesta ha superado todos los límites del recato. Cuando he recibido tu carta urgente esta mañana y he visto lo cariñosa que eres con tu despreciable Jim, me he sentido avergonzado de lo que escribí. Sin embargo, ahora la noche, la secreta y pecaminosa noche, ha caído de nuevo sobre el mundo y vuelvo a estar solo escribiéndote y tu carta vuelve a estar plegada delante de mí sobre la mesa. No me pidas que me vaya a la cama, querida. Déjame escribirte, querida.
Como sabes queridísima, nunca uso palabras obscenas al hablar. Nunca me has oído, ¿verdad?, pronunciar una palabra impropia delante otras personas. Cuando los hombres de aquí cuentan delante de mí historias sucias o lascivas, apenas sonrío. Y, sin embargo, tu sabes convertirme en una bestia. Fuiste tu misma, tu, quien me deslizaste la mano dentro de los pantalones y me apartaste suavemente la camisa y me tocaste la pinga con tus largos y cosquilleantes dedos y poco a poco la cogiste entera, gorda y tiesa como estaba, con la mano y me hiciste una paja despacio hasta que me vine entre tus dedos, sin dejar de inclinarte sobre mí, ni de mirarme con tus ojos tranquilos y de santa. También fueron tus labios los primeros que pronunciaron una palabra obscena. Recuerdo muy bien aquella noche en la cama en Pola. Cansada de yacer debajo de un hombre, una noche te rasgaste el camisón con violencia y te subiste encima para cabalgarme desnuda. Te metiste la pinga en el coño y empezaste a cabalgarme para arriba y para abajo. Tal vez yo no estuviera suficientemente arrecho, pues recuerdo que te inclinaste hacia mi cara y murmuraste con ternura: “¡Fuck me, darling!”
Nora querida, me moría todo el día por hacerte uno o dos preguntas. Permítemelo, querida, pues yo te he contado todo lo que he hecho en mi vida; así, que puedo preguntarte, a mi vez. No sé si las contestarás. Cuándo esa persona cuyo corazón deseo vehementemente detener con el tiro de un revólver te metió la mano o las manos bajo las faldas, ¿se limitó a hacerte cosquillas por fuera o te metió el dedo o los dedos? Si lo hizo, ¿subieron lo suficiente como para tocar ese gallito que tienes en el extremo del coño? ¿Te tocó por detrás? ¿Estuvo haciéndote cosquillas mucho tiempo y te viniste? ¿Te pidió que lo tocaras y lo hiciste? Sino lo tocaste, ¿se vino sobre ti y lo sentiste?
Otras pregunta, Nora. Sé que fui el primer hombre que te folló, pero, ¿te masturbó un hombre alguna vez? ¿Lo hizo alguna vez aquel muchacho que te gustaba? Dímelo ahora, Nora, responde a la verdad con la verdad y a la sinceridad con la sinceridad. Cuando estabas con él de noche en la oscuridad de noche, ¿no desabrocharon nunca, nunca, tus dedos sus pantalones ni se deslizaron dentro como ratones? ¿Le hiciste una paja alguna vez, querida, dime la verdad, a él o a cualquier otro? ¿No sentiste nunca, nunca, nunca la pinga de un hombre o de un muchacho en tus dedos hasta que me desabrochaste el pantalón a mí? Si no estás ofendida, no temas decirme la verdad. Querida, querida esta noche tengo un deseo tan salvaje de tu cuerpo que, si estuvieras aquí a mi lado y aún cuando me dijeras con tus propios labios que la mitad de los patanes pelirrojos de la región de Galway te echaron un polvo antes que yo, aún así correría hasta ti muerto de deseo.
Dios Todopoderoso, ¿qué clase de lenguaje es este que estoy escribiendo a mi orgullosa reina de ojos azules? ¿Se negará a contestar a mis groseras e insultantes preguntas? Sé que me arriesgo mucho al escribir así, pero, si me ama, sentirá que estoy loco de deseo y que debo contarle todo.
Cielo, contéstame. Aun cundo me entere de que tu también habías pecado, tal vez me sentiría todavía más unido a ti. De todos modos, te amo. Te he escrito y dicho cosas que mi orgullo nunca me permitiría decir de nuevo a ninguna mujer.
Mi querida Nora, estoy jadeando de ansia por recibir tus respuestas a estas sucias cartas mías. Te escribo a las claras, porque ahora siento que puedo cumplir mi palabra contigo. No te enfades, querida, querida, Nora, mi florecilla silvestre de los setos. Amo tu cuerpo, lo añora, sueño con él.
Háblenme queridos labios que he besado con lágrimas. Si estas porquerías que he escrito te ofenden, hazme recuperar el juicio otra vez con un latigazo, como has hecho antes. ¡Qué Dios me ayude!
Te amo Nora, y parece que también esto es parte de mi amor. ¡Perdóname! ¡Perdóname!

JIM/

Amara yo el olvido


Giovanni Quessep

Felicidad en ruinas
Lo que han visto mis ojos
Volver al tiempo amado
Ya fugitiva música del polvo

(Nada tendrá el amor
Si en jardines o nieve
La Quimera le cuenta
Del valle de la muerte)

Felicidad en ruinas
Lo que ha visto mi alma en el encanto
Amara yo el olvido
Y el reino de las hojas que he encontrado

sábado, 25 de julio de 2009

Nuberu, el Señor de las Tormentas



Según la mitología asturiana, un poderoso personaje origina y gobierna las tormentas. Viste ropas raídas, un manto de pieles y un sombrero negro de ala ancha; luce una poblada barba y algunos dicen que, como Odín, es tuerto de un ojo. El Nuberu, que así es conocido, se desplaza por el aire montado en una nube. Habitualmente pastorea otras nubes y les hace descargar su contenido a voluntad, sin importarle las consecuencias que esto tenga sobre las tierras de los campesinos, las cuales suelen quedar en un estado lamentable, ya que pocas cosas gustan más al Nuberu que provocar una buena granizada.

Al igual que las fuerzas de la naturaleza, el Nuberu es implacable y puede resultar tanto maléfico como benéfico. En ocasiones desciende a tierra entre la niebla y, pasando desapercibido gracias a su aspecto de mendigo, solicita la ayuda de algún lugareño. Según se porte éste con él, así se portará él después con el lugareño. Si le niega la ayuda sufrirá su ira, normalmente en forma de tormenta devastadora. Por el contrario, si le ayuda recibirá después una lluvia benéfica para su cosecha, el aviso de un próximo desastre natural, o, tal vez, una promesa de futura hospitalidad si alguna vez visita la ciudad en la cual vive el Nuberu cuando no anda por ahí originando tormentas.

En las narraciones populares no existe consenso acerca del nombre o la ubicación de la ciudad del Nuberu. Su nombre oscila entre “Orita”, “Lita”, el sugerente “Ciudad del Grito” u otros, y se suele tratar de una ciudad lejana situada más allá del mar, por lo general en Egipto. Allí, dicen, el Nuberu tiene esposa e hijos, es conocido como Xuan Cabrito (o Cabrita) y considerado un gran señor. Cada día viaja desde su hogar a Asturias montado en una nube.

Los principales enemigos del Nuberu son los curas. Sobre ellos recae la difícil tarea de intentar ahuyentarlo de las cosechas. En cuanto los campesinos ven asomar al Nuberu, corren a buscar al sacerdote del pueblo, que, quiera o no, debe cumplir con su obligación si quiere evitar las iras de sus propios feligreses. Una vez frente al Nuberu, lo habitual es que el cura le arroje lo primero que encuentre a mano (y que puede ir desde una piedra hasta su propio bonete, pasando por un zapato) con la esperanza de descabalgarlo de su nube o, tal vez, de rasgarla obligándole así a retirarse. Con tan limitados recursos no resulta extraño que muchas veces el cura salga perdiendo y sus vecinos tengan que agarrarlo para que el Nuberu no se lo lleve con él.

Según la tradición popular, lo más efectivo para alejar al Nuberu es hacer sonar la campana de la iglesia, pues su tañido le desagrada enormemente, bien sea porque, como algunos dicen, en su sonido va implícita una oración o simplemente porque no le gusta su timbre metálico. Otros métodos consisten en colocar un carro con las patas apuntando al cielo, situar en los tejados de la casa un hacha con el filo hacia arriba o quemar laurel y romero al aire libre, dejando que el humo ascienda hacia las alturas. Rezar una oración a Santa Bárbara también hace que se vea obligado a pasar de largo, llevando sus nubes a descargar a otra parte.



Acerca del Nuberu existe un relato popular muy característico, el cual todos los folcloristas recogen, aunque con numerosas variantes. Cuenta que una tarde el Nuberu se bajó de su nube para descansar un rato en una montaña, y cuando volvió a buscarla ya no la encontró. Obligado por tanto a pasar la noche en tierra, el Nuberu pide entonces alojo en las casas más cercanas. El dueño de la primera le echa de mala manera, pero el de la segunda lo recibe amablemente, le da de cenar y le ofrece un cuarto en el que pasar la noche. A la mañana siguiente, el Nuberu le dice a su anfitrión que si alguna vez va a Egipto, a la Ciudad del Grito, pregunte por Xuan Cabrito, que es él. Tras despedirse, el Nuberu sube a un monte cercano, desde el cual provoca un temporal que arrasa las tierras del vecino que no lo quiso acoger y una fina lluvia que vuelve más fértiles las del pastor que le tan bien le trató. Después monta en una nube y se marcha volando.

Años más tarde, el pastor se ve obligado a embarcar rumbo a las cruzadas, dejando atrás a su prometida y abandonando su casa y su tierra. Antes de arribar a Tierra Santa, el barco en el que viaja naufraga, y el pastor, tras pasar por diversas aventuras, llega a una ciudad cuyos habitantes le dicen que es la Ciudad del Grito. Pregunta por Xuan Cabrito y los lugareños le indican su dirección.

Al llegar a esa casa, el pastor es recibido por un criado que le conduce ante la esposa del Nuberu. El Nuberu no está, pero no tarda en llegar, portando un saco lleno de sapos y culebras, que al parecer es lo que cena de forma habitual. Nada más entrar en su casa percibe la presencia del extraño: “Aquí huele a cristianizu”, exclama al principio con suspicacia, aunque después, al ver quién de quién se trata, se alegra enormemente.

Sin embargo, el Nuberu tiene malas noticias que darle al pastor: su prometida piensa que ha muerto y se va a casar con otro al día siguiente. El pastor se desespera al oír esto, porque es imposible que le dé tiempo a regresar para impedirlo. Pero el Nuberu le dice que no se preocupe, él le ayudará a llegar. Se dirige entonces a la cocina y llena una jofaina de agua. La pone en el suelo y le dice al pastor que salte por encima. Hace este lo que le piden, y al tocar el suelo al otro lado descubre que ya no se encuentra en casa del Nuberu, sino en la plaza de su pueblo, con tiempo de sobra para detener la boda de su prometida.



En otras versiones, el pastor regresa a casa montado en una cabra mágica que el Nuberu le presta, o en una nube que el mismo Nuberu acepta conducir bajo la condición de que no mencione a Dios ni a los santos. El pastor incumple su promesa y el Nuberu le arroja de su nube, aunque afortunadamente ya están sobrevolando el pueblo y cae encima del árbol de la plaza mayor, que frena la caída. En otras variantes, poco antes de llegar a casa del Nuberu el pastor atraviesa una densa niebla en la cual se pierden dos amigos que le acompañaban y acerca de los cuales nunca vuelve a saber nada. Según algunos al principio de la historia al Nuberu no se le escapa su nube, sino que cae a tierra junto a un rayo.

Los folcloristas relacionan al Nuberu con las divinidades paganas de la tormenta, como el Taranis celta. Con Odín guarda un cierto parecido físico y algunas similitudes en el comportamiento, ya que el dios nórdico también se hace pasar por mendigo para moverse entre los mortales sin ser reconocido. Otro detalle que podría resultar significativo es el hecho de que la ciudad del Nuberu, aunque en un país real, esté tras el mar, al igual que muchas tierras mágicas habitadas por seres sobrenaturales, como el Tir Na Nog de los celtas.

Teniendo esto en cuenta, podemos aventurar que el Nuberu es un dios pagano que, de forma bastante airosa, sobrevivió a la cristianización de Asturias, la cual, por otro lado, debió de resultar bastante difícil. Aún en el siglo XVIII el obispo de Oviedo se quejaba de los restos de paganismo que sobrevivían en la región. No sólo dentro de las narraciones populares vencía el Nuberu a los representantes de la Iglesia.

viernes, 24 de julio de 2009

No sé


No sé ni por donde empezar...ni siquiera sé lo que siento en estos momentos...recuerdos ya casi de él no tengo, apenas viene a mí mente los buenos momentos...aunque me pregunto ¿ Alguna vez los hubo?.....¿ estaré empezando a olvidarle?...sólo me quedan en mi recuerdo mis lágrimas,han sido tantas, tanto dolor ¿ para qué?...¿le habrá servido de algo a él?...¿dónde está mi Rey Arturo, el que conocí?....supongo que él también murió de alguna manera....bueno creo que está pasando al olvido de por vida, aunque jamas olvidaré sus ofensas, eso quedo marcado en mi corazón como una cicatriz que jamas podrá borrarse.....

Ese hombre moreno, con mirada perdida, que es tan caballeroso con mi persona, que su mirada taladra mi alma, que un día reconforto mí corazón por su cercanía, ese que estaba tan cerca de mí que acelero hasta mí pobre corazón hasta el punto que casi estalla.....que su mirada hacia mi boca me provocaba un sed tremenda de sus besos....ese que ahora está en mí pensamiento....ese al cual le callo mi sentir....ese es el que ahora ocupa mi pensamiento....gracias por ser como eres conmigo........

miércoles, 22 de julio de 2009

La despedida de la poetisa Alfonsina Storni



Alfonsina (ya comenzamos a conocerla en “Alfonsina Storni, poesía de amor y dolor“) era una poeta de nacionalidad Suiza y Argentina de corazón cuya vida fue dura de principio a fin. Pero ella supo cómo exorcizar los demonios y sacar provecho de todo el dolor que su cuerpo y alma soportaban. Hasta el último día de su vida ella dirigió las riendas de su destino, con honor su muerte se ha convertido en leyenda, su vida en testimonio de lucha y sus poemas son y serán fuente de inspiración para las generaciones de hoy y las del mañana.

Por el año 1935 la salud de Alfonsina se ve vapuleada por un cáncer de mama, se somete a una mastectomía la que le deja extremas cicatrices no sólo en su cuerpo sino también en su alma, por su personalidad depresiva las secuelas de la enfermedad hacen que caiga en un pozo oscuro y profundo donde no permite que entre la luz ni una mano amiga.

Dos años más tarde su corazón recibe otro golpe, su amigo Horacio Quiroga se quita la vida, ella le dedica un poema el cual también presagia su propio final:


Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías…
Allá dirán.

En 1938 un vuelco de la vida le hace volver a sonreír, el Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay le invitaba a un acto para las tres fabulosas poetisas del momento, allí la acompañarían Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. Con gran entusiasmo escribe su conferencia a la que titula “Entre un par de maletas a medio abrir y las manecillas del reloj”. A mitad de ese mismo año publica Antología con sus poemas predilectos.

Luego la esporádica felicidad se derrumba al recibir el diagnóstico médico y la sentencia de muerte, su cáncer había regresado y era terminal. Decidida a no seguir luchando y morir con dignidad, viaja a la ciudad de Mar del Plata donde escribe dos cartas de despedida, una dedicada a su hijo y la otra era un poema dirigido al diario La Nación.



Un 25 de febrero con determinación se dirige al frío mar para fundir su cuerpo con sus aguas. Si bien quienes escribieron sobre la vida de esta luchadora mujer estipulan que se arrojó desde una escollera, el relato popular intenta conservar el velo romántico y místico de sus poemas cuenta que lentamente se internó en el mar. Luego de su muerte se erigió un monumento en su memoria, frente a la playa la perla en Mar del Plata, donde ella se quitó la vida.

Su muerte pasó a convertirse en leyenda la cual está plagada de poesía y romanticismo, por ello muchos artistas, siendo la más destacada Mercedes Sosa (con el tema Alfonsina y el mar) le dedicaron canciones en su honor.

Poema de despedida

Dientes de flores, confía de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme puestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Pónme una lámpara a la cabecera, una constelación, la que te guste, todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes, te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases para que te olvides.

Gracias… Ah, un encargo, si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…”

Alfonsina Storni, poesía de amor y dolor


Alfonsina Storni nació el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca, Suiza. A sus 4 años la familia viaja a la Argentina, concretamente a la provincia de San Juan donde la poetisa vivencia los primeros recuerdos y muestra su innato espíritu literario:

“Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta”.

En el año 1901 su madre y hermanos se trasladan a vivir a la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, abren una escuela domiciliaria y luego instalan el Café Suizo cerca de la estación de trenes de la cuidad. A la corta edad de 10 años Alfonsina ayudaba en el local atendiendo a los clientes y lavando los platos sucios, con el tiempo y cansada de las tareas de un bar se emplea en una fábrica de gorras pero su vida cambia de rumbo cuando en 1907 llega a Rosario la compañía de teatro de Manuel Cordero.


Alfonsina debuta en las tablas tomando el papel de una actriz que se había enfermado, gracias a su buena actuación se le concede la posibilidad de recorrer el país junto a la compañía teatral. Según sus propias palabras la experiencia le ahogaba e hizo torcer rumbos pero a su vez le agudizó los sentidos y en cierta forma contribuyó a formar su personalidad.

Cuando regresó a la cuidad se halla con la sorpresa de que su madre se había casado y vivía en Bustinza, una localidad de la provincia de Santa Fé por lo cual ella se traslada a Coronda y se recibe de maestra rural. Ejerce como docente y a la vez escribe sus poemas en 2 revistas Mundo Rosarino y Monos y Monadas.

Por el año 1911 se muda a la capital Argentina, Buenos Aires donde tiene a su primer y único hijo, Alejandro, del cual no se sabe quien fue su padre. Alfonsina no bajaba los brazos y luchaba con uñas y dientes, haciéndole frente heroicamente a las vicisitudes que pasaba toda madre soltera en esa época publica el famoso libro La inquietud del rosal.

Para solventar los gastos y mejorar su situación económica, se emplea como cajera en una tienda y colabora en la revista Caras y Caretas, en esos tiempos conoce a personajes sobresalientes del mundo literario como José Enrique Rodó, Amado Nervo, José Ingenieros y Manuel Ugarte. Y establecida y con un mejor pasar viaja constantemente a Uruguay donde entabla amistad con Juana de Ibarbourou y el escritor Horacio Quiroga.

En 1918 da a conocer su segunda publicación, El dulce daño; ese mismo año es condecorada con la medalla de miembro del Comité Argentino Pro Hogar de los Huérfanos Belgas. Al tiempo publica Irremediablemente y en 1920 Languidez. Este último trabajo según palabras de su amiga Juana de Ibarbourou era merecedor del Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura.

Alfonsina participaba activamente de actividades gremiales y formó parte de la creación de la Sociedad Argentina de Escritores. Desde 1928 a 1934 realizo frecuentes viajes a España los que le impulsaron a crear escritos dramáticos, repletos de reflexiones feministas y con un velo de erotismo algo muy inusual para esos años, estos son Mundo de siete pozos y Mascarilla y trébol.

Alfonsina era una mujer como pocas en ese tiempo, de mentalidad avanzada y con marcado perfil feminista se abrío paso en la sociedad logrando hacerse de un pedestal que nuca bajaría. Si desean conocer más acerca de la vida y obra de esta dama, les esperamos “La despedida de la poetisa Alfonsina Storni“.